Cursores
miércoles, 30 de octubre de 2013
Dos de las celebraciones más importantes de México se realizan en el
mes de noviembre. Según el calendario católico, el día primero está
dedicado a Todos los Santos y el día dos a los Fieles Difuntos. En estas
dos fechas se llevan a cabo los rituales para rendir culto a los
antepasados.
Es el tiempo en que las almas de los parientes fallecidos regresan a
casa para convivir con los familiares vivos y para nutrirse de la
esencia del alimento que se les ofrece en los altares domésticos.
La celebración del Día de Muertos, como se le conoce popularmente, se
practica a todo lo largo de la República Mexicana. En ella participan
tanto las comunidades indígenas, como los grupos mestizos, urbanos y
campesinos.Según la creencia del pueblo, el día
primero de noviembre se dedica a los “muertos chiquitos”, es decir, a
aquellos que murieron siendo niños; el día dos, a los fallecidos en edad
adulta. En algunos lugares del país el 28 de octubre corresponde a las
personas que murieron a causa de un accidente. En cambio, el 30 del
mismo mes se espera la llegada de las almas de los “limbos” o niños que
murieron sin haber recibido el bautizo.
El ritual de Día de Muertos conlleva una enorme trascendencia popular,
su celebración comprende muy diversos aspectos, desde los filosóficos
hasta los materiales.
La celebración de Todos los Santos y Fieles Difuntos, se ha mezclado
con la conmemoración del día de muertos que los indígenas festejan desde
los tiempos prehispánicos. Los antiguos mexicanos, o mexicas, mixtecas,
texcocanos, zapotecas, tlaxcaltecas, totonacas y otros pueblos
originarios de nuestro país, trasladaron la veneración de sus muertos al
calendario cristiano.
Antes de la llegada de los españoles, dicha celebración se realizaba
en el mes de agosto y coincidía con el final del ciclo agrícola del
maíz, calabaza, garbanzo y frijol. Los productos cosechados de la tierra
eran parte de la ofrenda.
Los Fieles Difuntos, en la tradición occidental es, y ha sido un acto
de luto y oración para que descansen en paz los muertos. Y al ser tocada
esta fecha por la tradición indígena se ha convertido en fiesta, en
carnaval de olores, gustos y amores en el que los vivos y los muertos
conviven, se tocan en la remembranza.
El Día de Muertos, como culto popular, es un acto que lo mismo nos
lleva al recogimiento que a la oración o a la fiesta; sobre todo esta
última en la que la muerte y los muertos deambulan y hacen sentir su
presencia cálida entre los vivos. Con nuestros muertos también llega su
majestad la Muerte; baja a la tierra y convive con los mexicanos y con
las muchas culturas indígenas que hay en nuestra República. Su majestad
la Muerte, es tan simple, tan llana y tan etérea que sus huesos y su
sonrisa están en nuestro regazo, altar y galería.
Hoy también vemos que el país y su gente se visten de muchos colores
para venerar la muerte: el amarillo de la flor de cempasúchil, el blanco
del alhelí, el rojo de la flor afelpada llamada pata de león... Es el
reflejo del sincretismo de dos culturas: la indígena y la hispana, que
se impregnan y crean un nuevo lenguaje y una escenografía de la muerte y
de los muertos.
Hay que decir que nuestras celebraciones tienen arraigo y recorren los
caminos del campo y la ciudad. Oaxaca, con sus miles de indígenas, es
ejemplo claro del culto, gustos culinarios, frutas y sahumerios; los
muertos regresan a casa.
En estas fechas se celebra el ritual que reúne a los vivos con sus
parientes, los que murieron. Es el tiempo trascendental en que las almas
de los muertos tienen permiso para regresar al mundo de los vivos. es una celebración a la memoria. Los
rituales reafirman el tiempo sagrado, el tiempo religioso y este tiempo
es un tiempo primordial, es un tiempo de memoria colectiva. El ritual de
las ánimas es un acto que privilegia el recuerdo sobre el olvido.
La ofrenda que se presenta los días primero y dos de noviembre
constituye un homenaje a un visitante distinguido, pues el pueblo cree
sinceramente que el difunto a quien se dedica habrá de venir de
ultratumba a disfrutarla. Se compone, entre otras cosas, del típico pan
de muerto, calabaza en tacha y platillos de la culinaria mexicana que en
vida fueron de la preferencia del difunto. Para hacerla más grata se
emplean también ornatos como las flores, papel picado, velas amarillas,
calaveras de azúcar, los sahumadores en los que se quema el copal .
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